Consultoria económica y financiera / Jordi'Blog

Delante de la situación económica de crisis generalizada en España, muchos inversores están manteniendo posturas muy prudentes ante el riesgo de que el abismo se haga más profundo de lo que es actualmente.

La paralización de las inversiones especulativas en mercados bajistas es un contrasentido. Pretender enriquecerse bailando al son que baila la mayoría es materialmente imposible. Esta obsesión por atesorar liquidez de muchos particulares sólo beneficia a las entidades que, con su actitud especulativa, han conducido al sistema financiero al límite del colapso.

¿De qué sirve tener dinero en la cuenta con saldos elevados? ¿Cuál es el rendimiento de estos fondos? ¿No hay ningún negocio que en los próximos años pueda dar más? El dinero es un instrumento, no un fin en si mismo. El dinero es para transaccionar, no para retener.

La incertidumbre en el futuro nos hace ser prudentes, extraordinariamente prudentes y económicamente ineficientes. ¿Qué saldos tenemos que mantener en el banco para “cubrir” la posición? ¿Dos años de renta corriente? ¿Tres? ¿En serio alguien considera que, estando en plenas facultades mentales y físicas, no conseguirá ganar ni cinco durante 1000 días?

A día de hoy, el IBEX 35 ronda los 12000 puntos, lejos de los 15000 de hace 18 meses, pero todavía más lejos de los 7000 de hace un año. Analicemos fríamente qué hay dentro de este índice: las 35 principales empresas españolas con los 35 consejos de administración más poderosos, que tienen línea directa con el gobierno, con los bancos y con las instituciones internacionales. ¿Alguien cree que el Sr. Botín se quedará de brazos cruzados si pierde el 50% de su fortuna? La crisis les puede haber cogido a pie cruzado, pero se repondrán rápido, tienen las herramientas para hacerlo. Esta parada alcista puede servir para que suban al tren personas que antes ni lo podrían soñar. Ahora pueden ir en primera habiendo pagado billete de tercera.

Lo mismo pasa con los bienes inmobiliarios. ¿Quién se podía imaginar los descuentos del 30% actual en el año 2007? Ahora tenemos pisos baratos para comprar que, incluso, pueden tener una rentabilidad por alquiler más que aceptable (gracias al bajo precio de adquisición).

La pregunta es: ¿quién subirá al tren ahora? Me temo que sé la respuesta: los de siempre.

Ya lo decía Keynes, cito textualmente: “El inversor tiene que comprar, i no vender, en un mercado a la baja; es más racional la esperanza de conseguir gangas que entregarse a la psicología del pánico de la multitud.”.

¡Feliz especulación!

La crisis actual tiene sus orígenes en una falta de ahorro de las familias o, lo que es lo mismo, en un exceso de apalanque en el sector bancario no por consumo, sino para comprar bienes raíz que a menudo tenían naturaleza especulativa.

El Gobierno, absolutamente descapitalizado por una política social expansiva y poco ligada a nuestra realidad económica, ha decidido, de forma increíble, subir los impuestos que gravan el consumo (el IVA) y el ahorro. El efecto combinado, pero, de las dos medidas, que son de sentido contrario, tiene como resultado inmediato reducir el consumo, no de los bienes raíz de base especulativa (ya se han ocupado los bancos con el recorte de los préstamos, de frenarlo), sino de la compra cotidiana. Resultado de todo ello: más dinero guardado en el banco (eso sí, penalizado) y menos dinero en las tiendas.

Para acabarlo de adobar, se bajan los impuestos a las empresas, las que tienen beneficios. ¡¡¡Las que tienen pérdidas salen perjudicadas!!! ¿Por qué? Pues muy fácil: porque el crédito fiscal que podían acumular (que es el mal menor cuando tienes pérdidas) bajará un 25%.

En resumen, una auténtica tontería.

La paradoja del caso es que esto se hace mientras asume la Secretaría de Estado de Economía el Sr. Campa, insigne economista vinculado al IESE que, como bien saben, es el organismo de formación de directivos del Opus Dei.

Me parece del todo incomprensible que alguien pueda dictar leyes tan salvajes en contra de la población “normal”, la que no es patrón de ninguna insigne institución, la que no tiene sociedades patrimoniales que viven de renta, la que trabaja cada día para malvivir con sueldos erosionados por un Estado voraz (¿Saben los mileuristas que pagan más de 380 euros al mes en concepto de Seguridad Social para acceder a una sanidad donde siempre hay los mismos o para pagar una enseñanza pública que espanta?).

¿Y estos son de izquierdas? Noooo. ¡¡¡Campa da fe!!! Y es que todo el mundo es de izquierdas hasta que tiene poder o dinero.

¿Alguien puede traducir este artículo a un lenguaje entendedor y explicárselo a la gente que ha tenido la suerte de no saber de economía?

La banca está, en estos momentos, en el ojo del huracán. Le llueven críticas por todos lados. Dicen que no abre el grifo del crédito, que está ahogando a las empresas, que los directores de oficina son simples administrativos que ya no deciden...

La banca se defiende diciendo que les ha subido la morosidad, que los proyectos buenos sí que reciben dinero, pero que para refinanciaciones de circulante, nada de nada. ¿Quién tiene razón? ¿Quién es el malo de la película? Seguramente los dos la tienen y los dos son los malos.

Los últimos diez años han sido extraordinarios. España se ha situado como la 8ª potencia económica mundial. Hemos avanzado ya a Canadá y, si no llega a ser por la crisis, avanzamos a Francia. ¡No es un mal sprint saliendo de las cavernas en las que el franquismo nos había enterrado!

Durante estos años, hasta nos hemos hecho amigos de los proveedores y de los clientes. Nosotros, las pymes, explicábamos nuestros proyectos al banco y éste nos dejaba dinero para hacerlos. Cada vez arriesgábamos menos de nuestro patrimonio y usábamos más capital ajeno. Y especulábamos con el dinero de los demás (sobretodo en el tema inmobiliario). Y los empresarios y algunos directivos se compraron coches y casas, apartamentos en la Cerdaña y incluso algún barco que amarraban en Palamós o en Platja d’Aro. Y los banqueros abrían oficinas y se repartían primas escalofriantes que habían conseguido casi sin hacer nada. Y se idolatró a los Pacos Poceros y otras ignorantes alimañas. Y se hicieron obras faraónicas en el Valle Oscuro y en Oropesa. Y el Gobierno ganaba elecciones prometiendo dádivas a todo el mundo. ¡Qué felices que fuimos!

Pero la niebla nubló el cielo y descargó una tormenta extraordinaria y todos corrieron hacia casa, a refugiarse. Pero hete aquí que no había techo para todos y el de la barca (que aún la debía), el que había dado la paga y señal al Valle Oscuro y el paleta espabilado que había permutado un casal por el 40% de la obra resultante, quedaron calados hasta las orejas. Y empezaron a pensar que la culpa era del proveedor de dinero que ya no se lo daba, no corrió a rectificar el expolio que habían hecho ellos mismos en sus propias empresas, no. Levantó el dedo acusador y lo dirigió contra los poderosos bancos que, a su vez, tenían custodia del dinero de aquellos que sí habían ahorrado. Y, claro, el banco le dijo: “¡Haberlo pensado antes!”.

¿Qué se ha hecho de todas aquellas ganancias de diez años espléndidos? ¿Dónde están los ahorros que tanto preconizaban los abuelos? Pero también nos podemos preguntar: ¿Dónde está el buen sentido de la banca? ¿De qué les sirven tantos departamentos de estudios económicos que no han previsto el cataclismo? Quizás tendremos que volver a los orígenes: empresarios a producir y vender, bancos a la austeridad y la medida. ¿Y los especuladores? No sufráis por ellos, los profesionales hace tiempo que previeron la crisis y tienen el dinero a cubierto. Como siempre, se han hundido aquellos que creían tener un equipo en primera división y tenían jugadores de tercera.

Había una vez, hace muchos, muchos años, en un lugar muy alejado de la civilización que nosotros conocemos, aislado por unas altísimas montañas y por quilómetros y quilómetros de agua, vivía una comunidad de humanos.

Esta comunidad se organizaba mediante una vieja forma llamada “democracia”, que representaba algo así como “el gobierno del y para el pueblo”.

Hete aquí que una vez, cuando este sistema de gobierno ya iba perdiendo interés por la población, unos gobernantes, al ver con preocupación que el pueblo empezaba a sufrir las consecuencias de una terrible plaga de inconsciencia que había durado tres largos años y había dejado a mucha de esta gente en el abismo, decidieron intervenir directamente.

De los caminos que tenían, ayudar a que la gente se espabilase o manipular los datos con los que se medía la pobreza, optaron por la segunda opción, al creer que tendría un impacto más rápido y... ¡ay! Deprisa y corriendo diseñaron obras que no hacían falta, contrataron más y más peones para hacer puentes por encima de donde no pasa agua, para ampliar las aceras de las calles de la ciudad de forma nimia pero con costosísimos materiales, para arreglar plazas que ya habían sido arregladas hacía poco... Y aquel gobierno necesitó más gente para controlar su acción. Y creó plazas y más plazas de lo que llamaban “funcionarios”, y construyó más espacios para almacenarlos, y vio que no funcionaba. Y después le dijo al pueblo desorientado que lo que les pasaba era culpa de otros, que eran muy, muy malos y que sólo querían la destrucción y el caos.

Aquel gobierno quiso controlar a la población convencido como estaba de que aquella obra faraónica que había iniciado enseguida llevaría el pan a las casas, y que todo era cuestión de tiempo.

Y hizo leyes y más leyes. Quiso controlar, incluso, la seguridad en los despachos, porque creía que era muy alta la accidentalidad en este tipo de establecimientos. Y quiso controlar los datos, por bien que a ellos se les escapaban los suyos, y quiso preservar el entorno, y estableció un nuevo sistema de sanciones rigurosísimo.

Y el hambre iba aumentando, pero el pueblo estaba desorientado. Y crearon un tótem: una especie de icono con once figuras casi humanas que se movían muy rápidamente sobre tapices verdes. Y el pueblo adoró al tótem. Y por las calles hablaban de milagros, y muchos sonreían.

Pero hete aquí que un día la pieza que aguantaba aquel gigantesco entramado de funcionarios, obras públicas, organismos sancionadores... aquella pieza que llamaban “pime” se rompió en mil pedazos. Y la gente empezó a pasar hambre de verdad, y el sol se tapó, y dejaron de ir a visitarlos gente de otros lugares, porque por las calles sólo circulaban hambrientos.

Y aquel gobierno se fue lejos, muy lejos. Y de aquellos inconscientes que no creyeron en su pueblo nadie tiene noticias, pero la leyenda dice que vivieron muchos y muchos años rodeados de su séquito en una isla del Atlántico. A veces, cuando hay viento en lo alto de la montaña, si prestáis atención, os parecerá oír todavía una letanía que dice: “yo no fui, yo no fui...”. Y los viejos explican que lo que oímos son las pesadillas de aquel gobierno incapaz...

El jueves día 22 asistí a la conferencia de Ramon Tremosa, “Catalunya País Emergent”. El profesor Tremosa, con el estilo que lo caracteriza, quiso transmitir a los asistentes una imagen de optimismo respecto a la situación actual.

Este mensaje lo transmitió con el apoyo de datos reales, y no de datos condicionados a la actuación futura del Gobierno.

El discurso lo centró en la importancia geoestratégica de Catalunya en lo referente al transporte mundial.

Según Tremosa, China se ha convertido en la gran fábrica del mundo, y bien pronto adelantará a los EEUU. Por otro lado, el mercado europeo es uno de los más cualificados tanto en población como en renta.

Hasta hace bien poco, los productos manufacturados en China pasaban por el Canal de Suez, cruzaban la Mediterránea, pasaban el estrecho de Gibraltar y subían por el Atlántico hasta desembarcar en los puertos de Holanda (básicamente).

Tremosa opinaba que este circuito no era eficiente. Desembarcar en un puerto de la Mediterránea ahorra tres días a los grandes barcos de mercancías.

Puertos en la Mediterránea hay muchos, pero con capacidad para desembarcar tantas toneladas de producto hay menos. Tremosa limitaba la competencia de los puertos de Catalunya y Valencia a Marsella y Génova. Según el profesor, la batalla por la capitalidad del tráfico marítimo está ganada, porque detrás de los puertos mediterráneos catalanes y valencianos hay un buen tejido industrial, capaz de acabar el producto semielaborado chino, mientras que detrás del puerto francés y italiano no hay prácticamente industria.

No faltó en la conferencia la denuncia contra la política de infraestructuras que priva de tener en el corredor mediterráneo un tren de mercancías que lleve a Europa los productos desembarcados.

El doctor descartaba que la solución viniese de mano de la Administración pública, y puso el ejemplo del AVE: para construir el Transiberiano en el s. XIX, de 12.000 km de largada y trabajando sólo de marzo a octubre por las nevadas, se tardaron 12 años; para hacer la línea de alta velocidad entre Madrid y Barcelona (600 km) ¡se han necesitado 17 años!

Así pues, y siempre según Tremosa, el desarrollo de Catalunya vendrá de manos privadas, desarrollando un puerto aún más potente (Barcelona ya es la primera destinación mundial de cruceros) y haciendo una línea férrea que reparta los productos por toda Europa.

El auditorio aplaudió entregado: el libre comercio ganará y el gran capital contribuirá, de forma paradojal, a la mejor distribución de la riqueza...

El tiempo nos lo dirá.

La sociedad siempre ha contemplado al empresario como un ser que despierta sentimientos contrapuestos de admiración y envidia. Alrededor de su figura se han construído mitos, algunos tan falsos com que los empresarios ganan mucho dinero, o que los empresarios son propietarios de su tiempo y pueden ir a esquiar entre semana.

Y estoy convencido de que las dos afirmaciones pueden ser tan verdaderas como absolutamente erróneas: los hay que ganan euros a capazos y los hay que deben hasta la camisa que llevan; los hay que los jueves estan en la Masella y los hay que el domingo vuelan a Nueva York para intentar vender una máquina.

Lo que sí que he constatado es que muchos de estos empresarios están solos y se sienten solos.

Tanto el empresario familiar que no acaba de ver a sus hijos com los dignos continuadores de la nisaga, como el empresario que no tiene allí la familia, que se siente, a veces, rodeado “de enemigos” (trabajadores que quieren que les incremente el sueldo y lo dejan solo en la cena de Navidad, proveedores que le hacen la puñeta y banqueros que le quitan el paraguas cuando empieza a llover).

Un día estaba reunido con el presidente de una importante compañía que estábamos a punto de vender a una multinacional. Habíamos hecho un buen trabajo juntos: habíamos remontado la empresa y incrementado su valor, y ahora, con el presidente con 67 años, la íbamos a vender con unas plusvalías fabulosas. El caso es que aquel buen hombre no estaba feliz del todo. Cualquiera que no fuese empresario daría botes de alegría, ni que fuese por el dinero que al cabo de poco ingresaría. Él estaba taciturno.

Yo había estado a su lado los últimos diez años. Supongo que porque no había encontrado en sus hijos el apoyo que buscaba, y esta carencia la había cubierto con un consultor que sí que velaba por el negocio.

Aquella tarde, en su despacho, le pregunté qué le pasaba. Él se lo pensó largo rato. Tenía claro lo que le pasaba, pero supongo que se preguntaba si decírmelo...

―Mira, Mercader―, empezó― he sido toda la vida industrial, he hecho muchas cosas buenas, he recibido premios y distinciones, he conseguido grandes contratos, pero también he dejado de hacer muchas otras: no he conciliado bien la vida familiar y laboral, no he mantenido más amigos que aquellos con los que tenía relación por negocios (que a menudo se han mostrado como falsos amigos). Ahora tengo 67 años y en dos semanas me habré vendido la empresa. Seré un jubilado. Igual de jubilado que aquel operario que teníamos en la planta, que después de 30 años con nosotros se fué la semana pasada. Progresivamente perderé los vínculos, porque ya no daré “negocio” a nadie. Acompañaré a mi mujer al súper y cargaré el carro de la compra a las 11 de la mañana de un miércoles mientras pienso en qué hacer el jueves una vez la nevera esté llena―.

Aquel buen señor alzó la mirada hasta encontrar la mía. Tenía los ojos entelados... Le quedaba tiempo para una última frase lapidaria:

―Me he pasado la vida solo, muy solo, demasiado solo... ―. Y, dicho ésto, se levantó para ir a reunirse con los abogados que llevaban la compraventa. Llegaba tarde.

El otro día, en una sesión formativa en una prestigiosa escuela de negocios de Barcelona, el profesor, al reflexionar sobre la crisis financiera, quiso dar un mensaje de optimismo al auditorio: “Siempre podréis decir a vuestros nietos: Yo viví el octubre del 2008...”.

Ya han pasado dos meses desde aquella aseveración y nos hemos dado cuenta de que los meses que han seguido a aquel octubre del 2008, lejos de corregir la tendencia depresiva, la han agravado...

“¿Qué haremos?”, se plantean algunos. “¿Cuándo se acabará esta pesadilla?”, piensan otros. “¿En qué nos hemos equivocado?”, dicen los más analíticos.

Desgraciadamente, sólo puedo responder a la última de las preguntas, o por lo menos lo intentaré. Quizás en esta respuesta están implícitas las otras dos.

De entrada, os recomiendo un libro: el de Ricardo Semler. Se titula 'Radical, el éxito de una empresa sorprendente'. Reflexiona sobre el hecho de que fuimos durante unos miles de años nómadas, después, más miles de años agricultores, tan sólo hace unos pocos centenares de años que somos industriales y ya creemos saberlo todo... ¡Ay! Si releyésemos la historia de tanto en cuando...

Esto que nos ha pasado (y que me parece que durará largo tiempo) viene de una sobrevaloración de nuestras capacidades, tanto intelectuales como de poder adquisitivo.

Digo intelectuales porque me parece que hay quien se ha creído más listo que el mercado, y los Madoff de turno se han frotado las manos. Y digo de poder adquisitivo porque quien, amparándose con el crédito fácil, no ha pensado en que lo importante de un préstamo no es el interés, sino que se tiene que devolver.

Un poco más de humildad y un poco más de cabeza. Somos quienes somos y nuestro dispendio tiene que estar vinculado a lo que ganamos, ¡no a la imagen que tenemos de nosotros mismos!

Mi abuelo me explicaba la historia de un amigo suyo que se encontró delante de la iglesia de San Félix en Sabadell. Este señor, otrora prohombre de la ciudad, estaba sentado y pedía limosna (era hacia los años 40), con un cartel donde ponía: “Limosna para uno que iba errado de cuentas.”. Mi abuelo se acercó al viejo amigo y le preguntó qué significaba aquella expresión. Encogiéndose de hombros y con una mirada triste, aquel hombre le respondió: “Creía que viviría hasta los sesenta años y ajusté mis gastos a mi esperanza de vida. Acabo de hacer los setenta y los médicos me han dicho que estoy fuerte como un roble y que esto va para largo...”.

Y es que, cuando hacemos escenarios de futuro, tenemos muchos números para equivocarnos.

Si algo tienen estos días de turbulencias es que nos han ayudado a desempolvar conceptos que el salvaje capitalismo enterró: me estoy refiriendo a la ética en la toma de decisiones empresariales.

Sin entrar demasiado en disquisiciones filosóficas, ética es hacer lo correcto, lo que está bien. ¿Y qué es que lo correcto o lo que está bien? ¿Lo que se ajusta a la norma o a reglamentación? ¿Debemos regularlo todo aún más? ¿Poner 100 puntos más en el manual del buen banquero? ¿1000? ¿Debemos contemplar toda la casuística posible? ¿Cuántas personas tendremos pensando en nuevas leyes y cuánta pensando en cómo esquivarlas? Creo que esto no es razonable por su inviabilidad.

Hay un juez único, implacable, justo, equitativo, que nos conoce a la perfección y sabe si aquel mal que cometimos lo hicimos deliberadamente, y este juez es uno mismo.

El directivo que se gasta 400.000 euros en una opípara cena cuando su empresa está agonizando sabe perfectamente lo que hace. Sabe que aquello no es ético porque no está bien ni es correcto.

Aquel otro directivo que forzó a su gente para que consiguieran hipotecas subprime es responsable porque sabía lo que hacía. Jugó con riesgo el dinero de otros, no el suyo, traicionó la confianza de clientes, empleados y la sociedad en general, y era plenamente consciente, aunque no podía adivinar la violencia de las consecuencias.

El que compró un paquete de hipotecas sin mirar dentro y lo vendió a un tercero, no sabía lo que hacía, y esto es muy grave porque no actuó como en su profesión está mandado. El delito de omisión tiene el mismo rango, en este caso, que el de comisión.

Aquél que no tomó medidas preventivas negándose a reconocer la evidencia de los hechos, aquél que dilapidó buena parte de los ahorros que administraba devolviendo a sus administrados algunos euros estériles, sabía lo que hacía, pero no podía sospechar que su dispendio le pasaría factura tan rápidamente.

Y es que en todos estos actos citados, aunque no exista responsabilidad en el acto que se realiza en un momento determinado por falta de voluntariedad actual, puede existir responsabilidad en la causa, es decir, en aquello que dio origen a dicha acción. Al atropellar a alguien al conducir ebrio no hay consentimiento actual, pero sí hay consentimiento en su causa.

España es un país con bajo nivel de afiliación a los sindicatos (alrededor del 12% del total de los trabajadores) y se concentra, principalmente, en grandes empresas industriales y en empresas públicas (superando, en algunas de ellas, el 60% de afiliación).

A pesar de su presencia minoritaria (si lo contásemos por número de empresas sería inferior al 1%), los sindicatos en España conservan un lugar preeminente en los avatares políticos y económicos del país.

Los sindicatos tuvieron un papel trascendental en la transición democrática y fueron determinantes en romper el “feudalismo” existente en muchas empresas españolas que, al amparo del cerrojazo franquista a todo lo que venía de fuera, campaban a sus anchas en lo que asuntos laborales se refiere.

Ahora, con el nuevo siglo, algunos de los planteamientos clásicos de los sindicatos deberán ser revisados en profundidad, puesto que parecen no encontrar su sitio en esta economía liberalizada, globalizada y tan competitiva.

Las actuaciones recientes promovidas por el movimiento sindical han mostrado una imagen caduca, poco adaptada a los nuevos tiempos y, en algunos casos, anti-social (huelga del personal de tierra del aeropuerto del Prat del verano de 2007 o huelga de los conductores de autobús de Barcelona).

Algunas de las reivindicaciones clásicas de los sindicatos, como la jornada laboral de 35 horas o mantener la indemnización en 45 días por año trabajado pueden ser “contra natura” en este entorno marcado por la flexibilidad y la adaptación.

Así, pues, ¿cuál debe ser el rol de los sindicatos en esta nueva economía? Parece claro que los planteamientos y las acciones de la transición ya no nos sirven, que se debe sustituir la estrategia del conflicto no sólo por la de la negociación sino, sobretodo, por la del análisis riguroso del impacto económico de las medidas que se quieran promover. Esto nos llevaría a que la instalación de una guardería en una fábrica, por ejemplo, debe ser justificada bajo el prisma empresarial (mayor concentración del trabajador en su tarea al tener el niño cerca, menos estrés y pérdida de tiempo en desplazamientos...) no desde el prisma social: “... el trabajador tiene derecho...” Porque lo que se consigue mediante “decretazos” se paga caro al final. Si existe algún nexo común entre empresario y trabajador es que todos quieren una compensación por lo que invierten o hacen, por lo tanto, es necesario hacer el esfuerzo de medir cada una de las ideas que se propongan y adoptarlas cuando ambas partes ganen, esto obligará a que los líderes de los sindicatos sean más analistas y menos populistas, más reflexivos y menos agresivos.

Es urgente que este nuevo rol se aborde rápidamente para reducir la distancia entre dos realidades distintas (empresario y trabajador) que necesariamente se tienen no sólo que entender, sino apreciar mutuamente.

 

Este fin de semana leía un interesante artículo de opinión del catedrático de Estructura Económica del IQS, Santiago Niño, que vaticinaba el final de la crisis ¡para el 2017! Hay muchos aspectos del artículo con los que estoy totalmente de acuerdo y otros (como el de pronosticar la fecha del final) con los que difiero notablemente.

Niño apuntaba que estábamos delante de un cambio de modelo de actuación por parte del consumidor: se reducirá drásticamente el hiperconsumismo y el hiperendeudamiento. Vamos a desgranar los conceptos y empezemos por el hiperconsumismo.

Parece, así nos lo muestran los datos, que la compra por impulso y en grandes centros comerciales está en horas bajas. De hecho, la parte de gasto doméstico que se lleva la gran superficie ha caído 10 puntos en 10 años. Parece que ir a comprar a un lugar enorme con más de 25.000 referencias ja no se lleva. Quizás porque hay menos renta a gastar o quizás porque el consumidor se ha cansado de los excesos de productos de bajo nivel de precio, pero también de baja utilidad y calidad. Quizás volveremos a la tienda de barrio (con diferencias notables, como el tamaño del establecimiento de los 70) y buscaremos productos un poco mejores y con menos errores en el funcionamiento (buscaremos la fruta y verdura “de verdad”, los electrodomésticos que duren más de cinco años...). Compraremos menos unidades pero mejores, parece.

También se reducirá, “por imperativo legal”, el hiperendeudamiento. El famoso ratio de leverage o de apalancamiento financiero, que decía que si obtenías de tu negocio un 8% y el banco te dejaba el dinero a un 4%, ¡venga todo el dinero de fuera! Esto está muy bien en momentos de expansión, pero en momentos de recesión ya no sirve, y es que se ha olvidado el primero de los principios de administración de empresas, ¡el de prudencia!

Si estos cambios son ciertos (como están reafirmando muchos indicadores), iremos hacia una sociedad más respetuosa con el uso de los recursos (es inviable que en el Reino Unido, el último año, se hayan tirado a la basura 4.500 toneladas de comida), menos dependiente de la energía (se producirá menos) y con una economía más solvente, o se creará menos “dinero artificial” que, como saben, genera mucha inflacción (como estamos viendo).

Referente al último punto, que la crisis acabará en el 2017, no puedo más que negarlo, pues no tiene en cuenta la increíble capacidad de resistencia y adaptabilidad del ser humano. Pasaremos un período magro, pero, poco a poco, encontraremos el camino y remontaremos. Y es que la fecha es buena en ceteris paribus, la expresión que usan los estudiosos de economía para decir que “todo se mantendrá constante”. Y esto creo que no se producirá, pues nadie se quedará impasible.

¡Por fin una buena noticia sobre la crisis!