La sociedad siempre ha contemplado al empresario como un ser que despierta sentimientos contrapuestos de admiración y envidia. Alrededor de su figura se han construído mitos, algunos tan falsos com que los empresarios ganan mucho dinero, o que los empresarios son propietarios de su tiempo y pueden ir a esquiar entre semana.
Y estoy convencido de que las dos afirmaciones pueden ser tan verdaderas como absolutamente erróneas: los hay que ganan euros a capazos y los hay que deben hasta la camisa que llevan; los hay que los jueves estan en la Masella y los hay que el domingo vuelan a Nueva York para intentar vender una máquina.
Lo que sí que he constatado es que muchos de estos empresarios están solos y se sienten solos.
Tanto el empresario familiar que no acaba de ver a sus hijos com los dignos continuadores de la nisaga, como el empresario que no tiene allí la familia, que se siente, a veces, rodeado “de enemigos” (trabajadores que quieren que les incremente el sueldo y lo dejan solo en la cena de Navidad, proveedores que le hacen la puñeta y banqueros que le quitan el paraguas cuando empieza a llover).
Un día estaba reunido con el presidente de una importante compañía que estábamos a punto de vender a una multinacional. Habíamos hecho un buen trabajo juntos: habíamos remontado la empresa y incrementado su valor, y ahora, con el presidente con 67 años, la íbamos a vender con unas plusvalías fabulosas. El caso es que aquel buen hombre no estaba feliz del todo. Cualquiera que no fuese empresario daría botes de alegría, ni que fuese por el dinero que al cabo de poco ingresaría. Él estaba taciturno.
Yo había estado a su lado los últimos diez años. Supongo que porque no había encontrado en sus hijos el apoyo que buscaba, y esta carencia la había cubierto con un consultor que sí que velaba por el negocio.
Aquella tarde, en su despacho, le pregunté qué le pasaba. Él se lo pensó largo rato. Tenía claro lo que le pasaba, pero supongo que se preguntaba si decírmelo...
―Mira, Mercader―, empezó― he sido toda la vida industrial, he hecho muchas cosas buenas, he recibido premios y distinciones, he conseguido grandes contratos, pero también he dejado de hacer muchas otras: no he conciliado bien la vida familiar y laboral, no he mantenido más amigos que aquellos con los que tenía relación por negocios (que a menudo se han mostrado como falsos amigos). Ahora tengo 67 años y en dos semanas me habré vendido la empresa. Seré un jubilado. Igual de jubilado que aquel operario que teníamos en la planta, que después de 30 años con nosotros se fué la semana pasada. Progresivamente perderé los vínculos, porque ya no daré “negocio” a nadie. Acompañaré a mi mujer al súper y cargaré el carro de la compra a las 11 de la mañana de un miércoles mientras pienso en qué hacer el jueves una vez la nevera esté llena―.
Aquel buen señor alzó la mirada hasta encontrar la mía. Tenía los ojos entelados... Le quedaba tiempo para una última frase lapidaria:
―Me he pasado la vida solo, muy solo, demasiado solo... ―. Y, dicho ésto, se levantó para ir a reunirse con los abogados que llevaban la compraventa. Llegaba tarde.

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