Si algo tienen estos días de turbulencias es que nos han ayudado a desempolvar conceptos que el salvaje capitalismo enterró: me estoy refiriendo a la ética en la toma de decisiones empresariales.
Sin entrar demasiado en disquisiciones filosóficas, ética es hacer lo correcto, lo que está bien. ¿Y qué es que lo correcto o lo que está bien? ¿Lo que se ajusta a la norma o a reglamentación? ¿Debemos regularlo todo aún más? ¿Poner 100 puntos más en el manual del buen banquero? ¿1000? ¿Debemos contemplar toda la casuística posible? ¿Cuántas personas tendremos pensando en nuevas leyes y cuánta pensando en cómo esquivarlas? Creo que esto no es razonable por su inviabilidad.
Hay un juez único, implacable, justo, equitativo, que nos conoce a la perfección y sabe si aquel mal que cometimos lo hicimos deliberadamente, y este juez es uno mismo.
El directivo que se gasta 400.000 euros en una opípara cena cuando su empresa está agonizando sabe perfectamente lo que hace. Sabe que aquello no es ético porque no está bien ni es correcto.
Aquel otro directivo que forzó a su gente para que consiguieran hipotecas subprime es responsable porque sabía lo que hacía. Jugó con riesgo el dinero de otros, no el suyo, traicionó la confianza de clientes, empleados y la sociedad en general, y era plenamente consciente, aunque no podía adivinar la violencia de las consecuencias.
El que compró un paquete de hipotecas sin mirar dentro y lo vendió a un tercero, no sabía lo que hacía, y esto es muy grave porque no actuó como en su profesión está mandado. El delito de omisión tiene el mismo rango, en este caso, que el de comisión.
Aquél que no tomó medidas preventivas negándose a reconocer la evidencia de los hechos, aquél que dilapidó buena parte de los ahorros que administraba devolviendo a sus administrados algunos euros estériles, sabía lo que hacía, pero no podía sospechar que su dispendio le pasaría factura tan rápidamente.
Y es que en todos estos actos citados, aunque no exista responsabilidad en el acto que se realiza en un momento determinado por falta de voluntariedad actual, puede existir responsabilidad en la causa, es decir, en aquello que dio origen a dicha acción. Al atropellar a alguien al conducir ebrio no hay consentimiento actual, pero sí hay consentimiento en su causa.

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