Consultoria económica y financiera / Jordi'Blog

El otro día, en una sesión formativa en una prestigiosa escuela de negocios de Barcelona, el profesor, al reflexionar sobre la crisis financiera, quiso dar un mensaje de optimismo al auditorio: “Siempre podréis decir a vuestros nietos: Yo viví el octubre del 2008...”.

Ya han pasado dos meses desde aquella aseveración y nos hemos dado cuenta de que los meses que han seguido a aquel octubre del 2008, lejos de corregir la tendencia depresiva, la han agravado...

“¿Qué haremos?”, se plantean algunos. “¿Cuándo se acabará esta pesadilla?”, piensan otros. “¿En qué nos hemos equivocado?”, dicen los más analíticos.

Desgraciadamente, sólo puedo responder a la última de las preguntas, o por lo menos lo intentaré. Quizás en esta respuesta están implícitas las otras dos.

De entrada, os recomiendo un libro: el de Ricardo Semler. Se titula 'Radical, el éxito de una empresa sorprendente'. Reflexiona sobre el hecho de que fuimos durante unos miles de años nómadas, después, más miles de años agricultores, tan sólo hace unos pocos centenares de años que somos industriales y ya creemos saberlo todo... ¡Ay! Si releyésemos la historia de tanto en cuando...

Esto que nos ha pasado (y que me parece que durará largo tiempo) viene de una sobrevaloración de nuestras capacidades, tanto intelectuales como de poder adquisitivo.

Digo intelectuales porque me parece que hay quien se ha creído más listo que el mercado, y los Madoff de turno se han frotado las manos. Y digo de poder adquisitivo porque quien, amparándose con el crédito fácil, no ha pensado en que lo importante de un préstamo no es el interés, sino que se tiene que devolver.

Un poco más de humildad y un poco más de cabeza. Somos quienes somos y nuestro dispendio tiene que estar vinculado a lo que ganamos, ¡no a la imagen que tenemos de nosotros mismos!

Mi abuelo me explicaba la historia de un amigo suyo que se encontró delante de la iglesia de San Félix en Sabadell. Este señor, otrora prohombre de la ciudad, estaba sentado y pedía limosna (era hacia los años 40), con un cartel donde ponía: “Limosna para uno que iba errado de cuentas.”. Mi abuelo se acercó al viejo amigo y le preguntó qué significaba aquella expresión. Encogiéndose de hombros y con una mirada triste, aquel hombre le respondió: “Creía que viviría hasta los sesenta años y ajusté mis gastos a mi esperanza de vida. Acabo de hacer los setenta y los médicos me han dicho que estoy fuerte como un roble y que esto va para largo...”.

Y es que, cuando hacemos escenarios de futuro, tenemos muchos números para equivocarnos.