Consultoria económica y financiera / Jordi'Blog

La crisis actual tiene sus orígenes en una falta de ahorro de las familias o, lo que es lo mismo, en un exceso de apalanque en el sector bancario no por consumo, sino para comprar bienes raíz que a menudo tenían naturaleza especulativa.

El Gobierno, absolutamente descapitalizado por una política social expansiva y poco ligada a nuestra realidad económica, ha decidido, de forma increíble, subir los impuestos que gravan el consumo (el IVA) y el ahorro. El efecto combinado, pero, de las dos medidas, que son de sentido contrario, tiene como resultado inmediato reducir el consumo, no de los bienes raíz de base especulativa (ya se han ocupado los bancos con el recorte de los préstamos, de frenarlo), sino de la compra cotidiana. Resultado de todo ello: más dinero guardado en el banco (eso sí, penalizado) y menos dinero en las tiendas.

Para acabarlo de adobar, se bajan los impuestos a las empresas, las que tienen beneficios. ¡¡¡Las que tienen pérdidas salen perjudicadas!!! ¿Por qué? Pues muy fácil: porque el crédito fiscal que podían acumular (que es el mal menor cuando tienes pérdidas) bajará un 25%.

En resumen, una auténtica tontería.

La paradoja del caso es que esto se hace mientras asume la Secretaría de Estado de Economía el Sr. Campa, insigne economista vinculado al IESE que, como bien saben, es el organismo de formación de directivos del Opus Dei.

Me parece del todo incomprensible que alguien pueda dictar leyes tan salvajes en contra de la población “normal”, la que no es patrón de ninguna insigne institución, la que no tiene sociedades patrimoniales que viven de renta, la que trabaja cada día para malvivir con sueldos erosionados por un Estado voraz (¿Saben los mileuristas que pagan más de 380 euros al mes en concepto de Seguridad Social para acceder a una sanidad donde siempre hay los mismos o para pagar una enseñanza pública que espanta?).

¿Y estos son de izquierdas? Noooo. ¡¡¡Campa da fe!!! Y es que todo el mundo es de izquierdas hasta que tiene poder o dinero.

¿Alguien puede traducir este artículo a un lenguaje entendedor y explicárselo a la gente que ha tenido la suerte de no saber de economía?

El jueves día 22 asistí a la conferencia de Ramon Tremosa, “Catalunya País Emergent”. El profesor Tremosa, con el estilo que lo caracteriza, quiso transmitir a los asistentes una imagen de optimismo respecto a la situación actual.

Este mensaje lo transmitió con el apoyo de datos reales, y no de datos condicionados a la actuación futura del Gobierno.

El discurso lo centró en la importancia geoestratégica de Catalunya en lo referente al transporte mundial.

Según Tremosa, China se ha convertido en la gran fábrica del mundo, y bien pronto adelantará a los EEUU. Por otro lado, el mercado europeo es uno de los más cualificados tanto en población como en renta.

Hasta hace bien poco, los productos manufacturados en China pasaban por el Canal de Suez, cruzaban la Mediterránea, pasaban el estrecho de Gibraltar y subían por el Atlántico hasta desembarcar en los puertos de Holanda (básicamente).

Tremosa opinaba que este circuito no era eficiente. Desembarcar en un puerto de la Mediterránea ahorra tres días a los grandes barcos de mercancías.

Puertos en la Mediterránea hay muchos, pero con capacidad para desembarcar tantas toneladas de producto hay menos. Tremosa limitaba la competencia de los puertos de Catalunya y Valencia a Marsella y Génova. Según el profesor, la batalla por la capitalidad del tráfico marítimo está ganada, porque detrás de los puertos mediterráneos catalanes y valencianos hay un buen tejido industrial, capaz de acabar el producto semielaborado chino, mientras que detrás del puerto francés y italiano no hay prácticamente industria.

No faltó en la conferencia la denuncia contra la política de infraestructuras que priva de tener en el corredor mediterráneo un tren de mercancías que lleve a Europa los productos desembarcados.

El doctor descartaba que la solución viniese de mano de la Administración pública, y puso el ejemplo del AVE: para construir el Transiberiano en el s. XIX, de 12.000 km de largada y trabajando sólo de marzo a octubre por las nevadas, se tardaron 12 años; para hacer la línea de alta velocidad entre Madrid y Barcelona (600 km) ¡se han necesitado 17 años!

Así pues, y siempre según Tremosa, el desarrollo de Catalunya vendrá de manos privadas, desarrollando un puerto aún más potente (Barcelona ya es la primera destinación mundial de cruceros) y haciendo una línea férrea que reparta los productos por toda Europa.

El auditorio aplaudió entregado: el libre comercio ganará y el gran capital contribuirá, de forma paradojal, a la mejor distribución de la riqueza...

El tiempo nos lo dirá.

 

Este fin de semana leía un interesante artículo de opinión del catedrático de Estructura Económica del IQS, Santiago Niño, que vaticinaba el final de la crisis ¡para el 2017! Hay muchos aspectos del artículo con los que estoy totalmente de acuerdo y otros (como el de pronosticar la fecha del final) con los que difiero notablemente.

Niño apuntaba que estábamos delante de un cambio de modelo de actuación por parte del consumidor: se reducirá drásticamente el hiperconsumismo y el hiperendeudamiento. Vamos a desgranar los conceptos y empezemos por el hiperconsumismo.

Parece, así nos lo muestran los datos, que la compra por impulso y en grandes centros comerciales está en horas bajas. De hecho, la parte de gasto doméstico que se lleva la gran superficie ha caído 10 puntos en 10 años. Parece que ir a comprar a un lugar enorme con más de 25.000 referencias ja no se lleva. Quizás porque hay menos renta a gastar o quizás porque el consumidor se ha cansado de los excesos de productos de bajo nivel de precio, pero también de baja utilidad y calidad. Quizás volveremos a la tienda de barrio (con diferencias notables, como el tamaño del establecimiento de los 70) y buscaremos productos un poco mejores y con menos errores en el funcionamiento (buscaremos la fruta y verdura “de verdad”, los electrodomésticos que duren más de cinco años...). Compraremos menos unidades pero mejores, parece.

También se reducirá, “por imperativo legal”, el hiperendeudamiento. El famoso ratio de leverage o de apalancamiento financiero, que decía que si obtenías de tu negocio un 8% y el banco te dejaba el dinero a un 4%, ¡venga todo el dinero de fuera! Esto está muy bien en momentos de expansión, pero en momentos de recesión ya no sirve, y es que se ha olvidado el primero de los principios de administración de empresas, ¡el de prudencia!

Si estos cambios son ciertos (como están reafirmando muchos indicadores), iremos hacia una sociedad más respetuosa con el uso de los recursos (es inviable que en el Reino Unido, el último año, se hayan tirado a la basura 4.500 toneladas de comida), menos dependiente de la energía (se producirá menos) y con una economía más solvente, o se creará menos “dinero artificial” que, como saben, genera mucha inflacción (como estamos viendo).

Referente al último punto, que la crisis acabará en el 2017, no puedo más que negarlo, pues no tiene en cuenta la increíble capacidad de resistencia y adaptabilidad del ser humano. Pasaremos un período magro, pero, poco a poco, encontraremos el camino y remontaremos. Y es que la fecha es buena en ceteris paribus, la expresión que usan los estudiosos de economía para decir que “todo se mantendrá constante”. Y esto creo que no se producirá, pues nadie se quedará impasible.

¡Por fin una buena noticia sobre la crisis!

 
 

Delante de la convulsa situación del mercado inmobiliario y del clima de desánimo que reina en el sector, me gustaría proponerles, señores constructores y promotores, un par de alternativas que quizás podrían resolver la situación.

Antes de decíroslas, vamos a ver por qué no se venden pisos. Hay dos tipos de perfiles que compran pisos (o almenos que los compraban): los que lo hacen (o lo hacían) para disfrutar del bien y los que lo hacen (o lo hacían) para especular. Empecemos por los primeros, los que quieren irse a vivir.

Analicemos primero si hay demanda. ¿La gente necesita vivenda? Podemos entender que sí, ¿verdad? La gente quiere emanciparse, hay crecimiento poblacional, la renta por cápita aún puede aguantar compras a precio razonable... Entonces, ¿por qué no compran? Porqué probablemente muchos están aplazando su decisión, ya que piensan que el precio de la vivenda todavía puede bajar más y, claro está, comprar caro no le gusta a nadie.

Ahora viene la primera de las “soluciones”. Una pareja quiere comprar un piso, pero tiene miedo de que baje de precio. Los miedos, en el mercado, se cubren con seguros, ¿no? Pues imaginemos a esta pareja a la que un promotor quiere vender un piso. Encargamos una tasación oficial y se lo tasa, pongamos por caso, en 300.000 euros. El banco les dará, si hay renta que lo aguante, el 80% del valor, es decir, 240.000 euros. El resto tendrá que salir del ahorro de la pareja. Para cubrir el miedo de la depreciación (que sólo se producirá si hay una segunda transacción) se podría contratar un seguro por el valor hipotético de la depreciación (como si fuese un seguro de tipo de cambio). Si la pareja vende el piso, por ejemplo, al cabo de cuatro años, se vuelve a hacer la tasación y se ejecuta el seguro por el diferencial (en el caso de que el precio sea más bajo, claro). Si le añades que la tenencia media de un piso es de diecisiete años, veremos que la probabilidad de que se ejecute el seguro es baja. Esto, combinado con que es poco probable que el precio de los pisos caiga año tras año, haría que el coste del seguro no fuese demasiado alto (en cualquier caso, ¡mucho más bajo que estos descuentos que algunos desesperados proponen!).

Vayamos al segundo caso, el inversor especulador. Éste no tiene claro donde poner el dinero en estos momentos. La Bolsa no tiene buena cara y ponerlo en materias primas parece “espacio reservado” a los iniciados... Supongamos, otra vez, el piso de 300.000 euros de valor de tasación. Supongamos una rentabilidad aceptable del 7% anual más la hipotética plusvalía. ¿Qué pasaría si el promotor se comprometiese a pagar al “especulador” (no me gusta el nombre, pero está muy generalizado) este 7% periodificado mensualmente y lo garantizase durante cinco años con un aval a un año “que corriese”? El coste para el promotor es bajísimo y dispondría de los fondos de la transacción. Esto se podría “sofisticar” más encargando al promotor la gestión del alquiler del inmueble adquirido, y partirse el diferencial de la gananacia (precio de alquiler menos rendimiento al 7%), así incorporaría la opción “efecto empresarial” (obtener un alto rendimiento) a la operación.

Está claro que se tendría que bajar al detalle. También está claro que no todo el mundo lo entiende y que hay que hacer un trabajo adicional por parte del promotor, compañías de seguros y bancos, pero... quizás vale la pena probarlo, ¿no?

¡Estoy abierto a críticas!

 
 

Acabo de recibir correspondencia del Banco. Son malas noticias, el fondo de pensiones donde cada mes durante los últimos años he ido poniendo dinero ya ha caído un 4,06% en el acumulado de los últimos 12 meses, lo que, sumado a la inflacción (que no recuerdo exactamente cuánto es, pero debe rondar sobre el 3,5%) significa que he perdido, de mis ahorros, 7,5 puntos.

Paralelamente, recibo otra comunicación del mismo Banco donde me dice la barbaridad que han ganado el primer trimestre del año (más de un 12% que el año anterior).

Entonces pienso: esta gente gana dinero gestionando el de los demás. La primera parte (la que tendría que ser consecuencia) sale de lo más bien. La segunda, la de gestionar el dinero de otros (la causa), lo hacen muy mal.

Qué tipo de relación causa-consecuencia, ¿verdad?

Llamo inmediatamente al Banco. Le digo al solícito director que el plan de pensiones, que tiene no sé cuantos diplomas (se vé que cada año se autootorgan uno), está a los niveles de junio de 2006, y le pregunto si los que gestionan los fondos tienen la primaria acabada o se les resiste la tabla del ocho.

El director, estupefacto con mi pregunta (¿quizás se cuestionaba cómo me he enterado?), me dice “son cosas que pasan”, “la bolsa está muy mal” y “ahora es el momento de aguantar” (definitiva esta última frase: ¡con 12 meses no han tenido suficente para enderezar la situación!).

Me dice también que tiene un producto mejor (¡ahora me lo dice!) y que podríamos hacer el traspaso. Ahora el estupefacto soy yo, y le pregunto si para septiembre se calcula que los gestores ya habrán aprobado la primaria. El hombre no cuelga ni por casualidad: está bien formado y acostumbrado a recibir, supongo.

Finalmente le pido educadamente que me devuelva las comisiones de gestión del fondo y las de custodia. La primera argumentando que lo han hecho mal y la segunda solicitud se la hago porqué mala custodia han hecho, que se le han escapado unos cuantos euros.

El director me dice, amablemente, que eso no es posible. Que la comisión se carga “automáticamente” (tétrico adverbio) y que ¡ni el mismo presidente ( sic) lo puede hacer!

Finalmente doy la batalla por perdida (como todos, supongo), cancelo mi aportación periódica y opto por ser yo quien probará a perder menos dinero en la famosa “gestión” de los fondos de pensiones.

Ya es curioso, ya, que un Banco gane dinero y sus clientes pierdan... ¿Curioso o ley de vida?

 
 

Según un estudio publicado por la Fundación Ortega y Gasset, en España, entre los años 2003 y 2007 se han deslocalizado 340 empresas, con una pérdida aproximada de 60.000 puestos de trabajo de sectores tradicionales como el calzado, el textil o las TIC. De estos 60.000 puestos, 25.954, casi la mitad, son en Cataluña. El segundo puesto en el ranking lo ocupa Valencia, con cerca de 5.500.

Parece que esto de la industria no es una prioritad para el Gobierno. Incluso parece que no está demasiado bien eso de producir aquí, que si no aprovechas los “excelentes” precios de China o de Vietnam estás perdiendo el tiempo.

Lo que nos va son los servicios y el turismo. Aquí, como pez en el agua.

No pretendo hacer una discusión política sobre el hecho. Ni tan sólo apelaré al asunto tan gastado del abuso que hacemos de los pobres orientales (no lo digo jo, que conste!). De hecho, voy a intentar hacer una aproximación económica que defiende nuestra industria, la de aquí.

Lo haré con un ejemplo textil que, desgraciadamente, conozco bastante bien: la producción de camisetas de marca.

Vamos a “deconstruir” (gracias, Ferran, por la palabrota) el precio:

Una camiseta de éstas se vende en la tienda por 30 euros. La tienda la compra al distribuidor por 14 (más o menos). El distribuidor la compra al productor por 11. El productor, entonces, puede decidir hacerla aquí a un coste aproximado de 5 euros o hacerla en China por 2.5. Es decir, que haciéndolo en la República Popular multiplicamos por 10 y aquí “sólo” por 6...

Añadimos que el ‘time to market’ (que no es nada más que el tiempo que tardas desde que lo encargas hasta que lo tienes): en un sitio es de 4 meses y en el otro 4 semanas (aquí)...

Dado que el tiempo está loco y que la moda es una cosa efímera, ¿queréis decir que no es muy arriesgado y inmovilizas demasiado dinero haciendo larguísimas producciones tan lejos del consumidor?

¿Queréis decir que no estamos aprovechando un aspecto conyuntural más que no un aspecto estratégico? ¿Tiene sentido, económicamente hablando, estò que muchos están haciendo?

A ver si pasará como en la construcción, que los últimos años los que no teníamos grandes inversiones en tocho nos sentíamos más cortos que el resto, viendo como el obrero no instruido había bajado de la furgoneta para subirse al Mercedes sin pasar por el Toledo?

Señores fabricantes, modernicen sus instalaciones par acortar los periodos de fabricación, par hacer más evidente su ventaja estratégica. Dispóganse a hacer series cortas, porqué no todos querrán ir vestidos igual, y aguanten la acometida, no hay mal que cien años dure! Y una última cosa, piensen que el mejor Mercedes será el próximo...

 
 

Permitidme que esta vez escriba un artículo con cierto acento político. No es costumbre mía opinar abiertamente de temas que vayan más allá de la estricta realidad empresarial, por aquello de no herir susceptibilidades, pero esta vez me permitiré la licencia de hacer un breve análisis, quizás tendencioso, de la realidad que en estos momentos está viviendo nuestro país.

Que estamos inmersos en una grave crisis no es ningún secreto para ninguno de vosotros, por más que nuestros dirigentes (los de cerca y los de lejos) lo nieguen más de tres veces.

No sólo ha caido la construcción y con ella las promotoras y los intermediarios (Llanera, Astroc, Expofincas...), sino que los datos que nos llegan del consumo interno son preocupantes: caída del 40% en la demanda de electrodomésticos, caída del 25% en la venta de coches (la industria de la automoción ocupa en Cataluña 1 de cada 10 personas que trabaja), caída de las exportaciones...

A todo esto, nuestra Administración nos promete que impulsará medidas para paliar la crisis, pero yo me pregunto, ¿con qué herramientas?

Podríamos afirmar que las tres grandes herramientas de las que dispone un gobierno para hacer frente a situaciones como ésta serían:

  1. Bajada del tipo de interés, para aliviar cargas familiares, fomentar la demanda interna y permitir inversiones que con un tipo alto no son rentables...
  2. Cambio de la paridad euro/dólar para frenar las importaciones y aumentar las exportaciones y la visita de turistas de fuera de Europa.
  3. Creación de ocupación pública.

De las tres, las dos primeras son intocables, porque hemos cedido –voluntariamente!!!– nuestras competencias a un ente supranacional dirigido por unos más ricos que nosotros, que tienen intereses exactamente opuestos!

La tercera, la de crear ocupación pública “artificialmente”, es aterradora y provoca unas consecuencias terribles:

  1. Aumento del número de funcionarios que, para evitar la ociosidad, se pondran a hacer cosas que hasta ahora hacía la empresa privada (con la consecuente pérdida de puestos de trabajo y, sobretodo, de eficiencia que esto comportará).
  2. Aumento de la contratación de obra pública haciendo infraestructuras (eso es bueno), pero a unos costes elevadísimos (imagino que las grandes constructoras “amigas” se están frotando las manos porque a cambio de absorber el excendente laboral podrán incrementar sus precios).

A todo, hay que sumar que nuestra Administración autonómica, pésimamente financiada con unos impuestos transferidos tan sensibles a la construcción como es el de transmisiones patrimoniales, tendrá que buscar donde pueda el dinero para cubrir los 7.500 millones de euros que dejará de ingresar este año. Y, claro, habrá que sacarlos de las unidades productivas vía sanciones a la más pequeña falta, multas (entre ellas, las de tráfico, porque todo acaba yendo al mismo saco) y alguna otra idea genial que, cual señor feudal, se le ocurrirá para financiar su cruzada contra la crisis.

La única que puede cambiar la situación es la banca, la que financia las campañas de toda esta panda de filólogos, anestesistas, funcionarios de carrera... que gobiernan la economía de nuestro país.

¿En qué país se ha visto que las principales empresas sean entidades financieras? ¿Dónde está nuestra industria, la que hacía tejidos, coches, motos y hasta trenes?

Los que mandan son tres tiendas enormes, seis o siete bancos y dos o tres monopolios que ahora dicen que son empresa privada, cuando fuimos todos los que pagamos el cobre que nos llega a las casas para traer la señal telefónica, por poner un ejemplo.

Espero que la banca se dé cuenta de que está matando a la gallina de los huevos de oro y presione a quien haga falta para que las políticas económicas tengan, de una vez por todas, algún sentido.

Si no ponemos remedio inmediatamente, nos convertiremos en un país de funcionarios y camareros (con mucho respeto para los segundos). Y es para temblar. Sólo hay que ver cómo gestionan los bienes públicos donde tienen las competencias: la sanidad, la educación y la justicia, por poner tres ejemplos esperpénticos.

La lucha será inmensa para salir adelante, pero cuanto más difícil es el objetivo más dulce es la victoria.

Ánimos!!!!

 
 

Febrer del 2008: la balança de compte corrent d’Espanya s’ensorra. Les exportacions cauen en picat per una sobreapreciació de l’euro, les importacions no paren d’augmentar perquè cada vegada creiem que tenim més i, per suposat, necessitem més. El turisme, que abans ens aportava bones divises, ara veu com el seu saldo, de mica en mica, va canviant de signe: per als americans venir a Europa és caríssim, per a nosaltres, viatjar als EUA és una oportunitat.

Per acabar-ho d’adobar, els centenars de milers d’immigrants envien milions d’euros guanyats aquí a les seves famílies africanes o sud-americanes. I les nostres multinacionals (?) no són capaces de corregir aquesta tendència repatriant beneficis al nostre país. I ara, què fem? Podem reconèixer ja l’errada de l’euro?