Un país que no creía en su gente
Había una vez, hace muchos, muchos años, en un lugar muy alejado de la civilización que nosotros conocemos, aislado por unas altísimas montañas y por quilómetros y quilómetros de agua, vivía una comunidad de humanos.
Esta comunidad se organizaba mediante una vieja forma llamada “democracia”, que representaba algo así como “el gobierno del y para el pueblo”.
Hete aquí que una vez, cuando este sistema de gobierno ya iba perdiendo interés por la población, unos gobernantes, al ver con preocupación que el pueblo empezaba a sufrir las consecuencias de una terrible plaga de inconsciencia que había durado tres largos años y había dejado a mucha de esta gente en el abismo, decidieron intervenir directamente.
De los caminos que tenían, ayudar a que la gente se espabilase o manipular los datos con los que se medía la pobreza, optaron por la segunda opción, al creer que tendría un impacto más rápido y... ¡ay! Deprisa y corriendo diseñaron obras que no hacían falta, contrataron más y más peones para hacer puentes por encima de donde no pasa agua, para ampliar las aceras de las calles de la ciudad de forma nimia pero con costosísimos materiales, para arreglar plazas que ya habían sido arregladas hacía poco... Y aquel gobierno necesitó más gente para controlar su acción. Y creó plazas y más plazas de lo que llamaban “funcionarios”, y construyó más espacios para almacenarlos, y vio que no funcionaba. Y después le dijo al pueblo desorientado que lo que les pasaba era culpa de otros, que eran muy, muy malos y que sólo querían la destrucción y el caos.
Aquel gobierno quiso controlar a la población convencido como estaba de que aquella obra faraónica que había iniciado enseguida llevaría el pan a las casas, y que todo era cuestión de tiempo.
Y hizo leyes y más leyes. Quiso controlar, incluso, la seguridad en los despachos, porque creía que era muy alta la accidentalidad en este tipo de establecimientos. Y quiso controlar los datos, por bien que a ellos se les escapaban los suyos, y quiso preservar el entorno, y estableció un nuevo sistema de sanciones rigurosísimo.
Y el hambre iba aumentando, pero el pueblo estaba desorientado. Y crearon un tótem: una especie de icono con once figuras casi humanas que se movían muy rápidamente sobre tapices verdes. Y el pueblo adoró al tótem. Y por las calles hablaban de milagros, y muchos sonreían.
Pero hete aquí que un día la pieza que aguantaba aquel gigantesco entramado de funcionarios, obras públicas, organismos sancionadores... aquella pieza que llamaban “pime” se rompió en mil pedazos. Y la gente empezó a pasar hambre de verdad, y el sol se tapó, y dejaron de ir a visitarlos gente de otros lugares, porque por las calles sólo circulaban hambrientos.
Y aquel gobierno se fue lejos, muy lejos. Y de aquellos inconscientes que no creyeron en su pueblo nadie tiene noticias, pero la leyenda dice que vivieron muchos y muchos años rodeados de su séquito en una isla del Atlántico. A veces, cuando hay viento en lo alto de la montaña, si prestáis atención, os parecerá oír todavía una letanía que dice: “yo no fui, yo no fui...”. Y los viejos explican que lo que oímos son las pesadillas de aquel gobierno incapaz...

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